Cada quien puede ir por el
pedazo que quiera de la Rama Judicial, alguien seguramente ya pensó en vender
por kilos las toneladas de papel que se arruma sin control en los despachos
judiciales, otros, estarán interesados en las sonoras togas de los jueces y
magistrados para rentarlas en alguna tienda de disfraces, pero debo advertir,
si algún ingenioso pensó en llevarse los computadores, les diré que son
arrendados en su mayoría porque en su momento prefirieron no comprar equipos
nuevos. Lo cierto, es que la Rama Judicial está en liquidación, perfectamente
podría invertirse esa plata en primas técnicas y cupos indicadores para los
senadores, al fin y al cabo, no hay razón legítima para privar a buena parte de
nuestros legisladores de sus connaturales coimas en éste difícil escenario de
déficit presupuestario.
Lo curioso de éste asunto
es que durante los dos siglos de vida republicana el país ha sido gobernado
mayoritariamente por abogados, sin embargo pareciera que una de las funciones
públicas con menor eficiencia es la administración de justicia. Y es que el
problema es grave, un país con impunidad crea escenarios permanentes de
violencia, cuando un Estado no es capaz de ejercer su poder de impartir justicia,
le ésta mandando un mensaje a la sociedad de tal inoperancia que genera un
malestar social, esa sensación de desprotección que deriva en que las personas
ya no buscarán justicia ante los jueces, sino que preferirán hacerlo por su
propia mano. Incluso, las normas han perdido su función disuasoria porque buena
parte del país ya sabe que iniciar un proceso es un periplo que difícilmente
llega a sentencia, y que es aún más utópico pensar en el cumplimiento de las
órdenes impartidas por los jueces de la república después de años de proceso.
En el frontón de la Corte
de Nueva York hay una frase concreta y contundente “El pilar más firme para un
buen gobierno es la recta administración de justicia”, para el caso colombiano,
además de la lentitud de la Rama Judicial, generada por abogados y jueces
incompetentes, por excesivos trámites creados para asuntos que podrían
solucionarse de manera simple, la reducción en las plantas de personal de los
despachos, y en fin, el volumen mismo del trabajo, una de sus principales
causas es la compleja cadena de favores, privilegios y relaciones sociales que
median ante cada nombramiento de un cargo, tal y como sucede con el Magistrado
Pretelt, ternado por Álvaro Uribe Vélez, ocurre en los Tribunales Superiores, y
alcanza hasta al juzgado promiscuo del pueblo más recóndito de Colombia, una
vez llega el funcionario a su cargo se incrustará allí y pretenderá obtener la
mayor cantidad de beneficios con una menor cantidad de trabajo, dicha situación
se da especialmente en casos de jueces y magistrados que se recargan en sus
empleados y aparecen en el despacho la mayoría de las veces tan solo los días
que hay audiencia, aunque al menor problema, buscarán un aplazamiento para
salir del paso y no atender el problema.
En conclusión, se trata de
muchos problemas generados por diversas causas, pero si no encontramos la
manera de solucionarlo, si no le damos dignidad a la justicia, si la cantina del
pueblo es más grande que el despacho del juez, seguiremos teniendo infinidad de
problemas que parecieran no tener solución, y es que en medio del desorden en
el que vive la administración de justicia aparecen personajes de la calaña de
De La Espriella o de Pretelt, que aprovechan la ocasión para sacar ventajas,
jugando con un sistema que no sabe a cuál problema debe atender primero.
Nuestra justicia carece de dignidad, y al parecer ni siquiera las leyes de la
física tienen eficacia en este rincón macondiano del mundo, y es que entre
tanto abogado uno se confunde, y es que ante tanta realidad, uno se agobia.

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