De
Carlos Gaviria Díaz aprendí un sentido ético de la vida, una comprensión de mi
ser moral, el compromiso por una sociedad decente. Lo conocí a los 14 años en
el auditorio Benjamín Herrera de la Universidad Libre, y desde ese momento lo
seguí con mi juvenil carisma que logró creer gracias a él que era posible comprometerse
en un partido político, en un proyecto de país, en la posibilidad de un
gobierno de izquierda coherente y en un país decente. Lo acompañé como joven en
sus dos campañas presidenciales, que más allá de ser de derechas o izquierdas,
siempre fueron por el progreso de la sociedad.
Nunca
nadie en un auditorio logró desacreditar sus análisis, un hombre con una
claridad mental única, pero sobre todo, con un sentido de lo humano que lo
acercó a cada uno de nuestros corazones. No lo llamo maestro, siempre me
disgustó un poco el acento zalamero que las personas ponían al referirse a él,
pero hoy entendí que sí lo fue, todos íbamos a donde fuera necesario para
poderlo escuchar, muchos incluso intentamos tomar nota a todos sus comentarios
y apreciaciones, para mí en lo personal siempre fue imposible, Carlos Gaviria
fue un maestro, como pocos, porque logró que obreros, albañiles y profesores
universitarios por igual escucharan su voz, entendiera sus ideas de país, y
lograron encontrar en él un verdadero líder del espíritu de cambio que buena
parte de las personas guardan en sí mismos.
Qué
nos queda de él, su inmensa herencia como magistrado de la Corte Constitucional
de Colombia, su espíritu liberal, demócrata, garantista y progresista que transformó
de forma irreversible al país. Ni siquiera su más oscuro alumno, Álvaro Uribe
Vélez logró desacreditar la herencia que el país recibió de esa primer Corte Constitucional
que logró darnos un salto a la modernidad, nos libró un poco del oscurantismo
godo y conservador que nos consume como sociedad desde los tiempos de Rafael
Núñez y Laureano Gómez. Sin embargo, hoy con su muerte nos ha dejado huérfanos
un poco más, ante un partido que ya ha muerto sin su liderazgo, que fue como el
tango de Goyeneche, flor de un día, y es que se va dejándonos en manos de
inquisidores cavernarios como Alejandro Ordoñez Maldonado, nos deja su
recuerdo, sus enseñanzas, sus ideas. Adiós, maestro.



