Mientras
en la Habana se negocia el fin del conflicto armado con las FARC, y se
adelantan conversaciones con el ELN, hay una guerra que no se ha pretendido
solucionar, es aquella que le cobra la vida a miles de colombianos como
resultado de la intolerancia y la pobreza. Con la muerte del joven de 16 años
asesinado por vecinos de un barrio de Bogotá al sorprenderlo robando, se juntan
las dos rutas de vida que usualmente los muchachos de las barriadas toman, o la
cárcel o el cementerio. Entre la exclusión social causada por la incapacidad
del país de generar fuentes de empleo y desarrollo que mejoren la calidad de
vida de las personas, los muchachos se ven expuestos a todo tipo de problemas
sociales, que incluye el hambre física, y la pobreza mental de vivir entre
casas de ladillo pelado y teja de zinc.
Nos
acostumbramos ver las montañas de Colombia repletas de pequeñas casas que se
convierten en diminutos puntos amarillos por las noches, es allí donde se libra
la guerra cotidiana, de cientos de miles de colombianos que luchan por
sobrevivir, que recorren la ciudad para llegar a sus trabajos, que dejan a sus
hijos en la casa porque no tienen con quién dejarlos. Son esos colombianos que
ignoran por completo la existencia de un Estado que nunca llegó, o que solo se
representa con la fuerza de la Policía, que resulta ajena y opresiva. Estas
personas son las presas fáciles del político en campaña, del distribuidor de
drogas, del proxeneta, y por qué no, las presas fáciles de empleadores que
ofrecen deplorables condiciones laborales que forzosamente deben ser aceptadas
por empleados serviles que deben decidir entre comer o dejarse explotar.
En
medio de ello tenemos la pretensión como país de vivir en democracia, no es
posible ser una sociedad democrática sin ciudadanos, porque nadie puede pensar como un ser libre y autónomo con
la preocupación acuestas de no tener con qué comer en la noche. Mientras tanto,
los programas sociales del gobierno se convierten en paliativos inocuos, que no
dignifican a las personas, tan solo les dan un calmante a una vida tan llena de
agobios e incomodidades, en las que tan solo queda el camino de intentar ser
feliz con poco o mucho, tan solo mantener la vida en medio de la inseguridad
que asecha sus vidas es un motivo de alegría, ha de ser por eso que Colombia
sigue siento el país más feliz del mundo.


