martes, 31 de marzo de 2015

LA OTRA GUERRA QUE DESANGRA AL PAÍS



Mientras en la Habana se negocia el fin del conflicto armado con las FARC, y se adelantan conversaciones con el ELN, hay una guerra que no se ha pretendido solucionar, es aquella que le cobra la vida a miles de colombianos como resultado de la intolerancia y la pobreza. Con la muerte del joven de 16 años asesinado por vecinos de un barrio de Bogotá al sorprenderlo robando, se juntan las dos rutas de vida que usualmente los muchachos de las barriadas toman, o la cárcel o el cementerio. Entre la exclusión social causada por la incapacidad del país de generar fuentes de empleo y desarrollo que mejoren la calidad de vida de las personas, los muchachos se ven expuestos a todo tipo de problemas sociales, que incluye el hambre física, y la pobreza mental de vivir entre casas de ladillo pelado y teja de zinc.

Nos acostumbramos ver las montañas de Colombia repletas de pequeñas casas que se convierten en diminutos puntos amarillos por las noches, es allí donde se libra la guerra cotidiana, de cientos de miles de colombianos que luchan por sobrevivir, que recorren la ciudad para llegar a sus trabajos, que dejan a sus hijos en la casa porque no tienen con quién dejarlos. Son esos colombianos que ignoran por completo la existencia de un Estado que nunca llegó, o que solo se representa con la fuerza de la Policía, que resulta ajena y opresiva. Estas personas son las presas fáciles del político en campaña, del distribuidor de drogas, del proxeneta, y por qué no, las presas fáciles de empleadores que ofrecen deplorables condiciones laborales que forzosamente deben ser aceptadas por empleados serviles que deben decidir entre comer o dejarse explotar.

En medio de ello tenemos la pretensión como país de vivir en democracia, no es posible ser una sociedad democrática sin ciudadanos, porque nadie  puede pensar como un ser libre y autónomo con la preocupación acuestas de no tener con qué comer en la noche. Mientras tanto, los programas sociales del gobierno se convierten en paliativos inocuos, que no dignifican a las personas, tan solo les dan un calmante a una vida tan llena de agobios e incomodidades, en las que tan solo queda el camino de intentar ser feliz con poco o mucho, tan solo mantener la vida en medio de la inseguridad que asecha sus vidas es un motivo de alegría, ha de ser por eso que Colombia sigue siento el país más feliz del mundo.

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